26 de juny 2011

El magnífico enfermo - Marcos Ordoñez

El teatro es tan duro y tan adictivo porque no deja espacio para las medias verdades. Está sucediendo ante nuestros ojos, y con cuerpos vivos; es un grupo de hombres y mujeres hablando a otro grupo de hombres y mujeres.

Ahí no se puede mentir. Es el territorio del todo o nada: ese es el juego.

El cine se hunde, la industria del disco, no digamos, se venden muchos libros pero de los mismos títulos, y el teatro sigue siendo el Magnífico Enfermo, como decía George Kauffman. Cuando parecía que nadie daba un duro por él, resulta que vuelve a alzarse como un fenómeno vivo, caliente e irrepetible, recuperando su condición original de celebración colectiva, que durante tanto tiempo le disputó la pantalla.

"Hacer teatro", dijo Peter O'Toole, "es como construir un muñeco de nieve: te quema las manos y luego se deshace". No estoy de acuerdo con la segunda parte de la frase. Quevedo lo dejó claro varios siglos antes: "Sólo lo fugitivo permanece y dura".

Formas de la duración: el teatro nos une y nos retiene porque opera contra la entropía exterior, contra el ruido nacido para cubrir el silencio, contra la velocidad que nos empuja hacia el minuto siguiente, hacia el tintineante vacío siguiente. La misión del teatro es parar ese afuera, juntarnos un rato ante un artefacto verídico, hiperrealista, es decir, más real que la realidad que nos venden, imponen y decretan. El teatro inventa otra realidad donde cada palabra, cada gesto, cada silencio y cada luz han de tener sentido: inventa un artefacto construido, formalizado, que ha de persuadirte de que esa otra realidad sólo puede darse así, verse así, contarse así, y por eso ese silencio revivificado que brota antes de los aplausos es una muestra de pura gratitud por haber sido salvados durante un rato, reunidos de nuevo y de nuevo reconstituidos por el arte.

El arte permite fijarnos: en los seres humanos, en las cosas, en el tiempo, y, por descontado, en nosotros mismos. El director belga Jan Lauwers dijo una vez: "El arte sirve para detener el presente, la actualidad. Para crear momentos de reposo y dejar atrás, pacientemente, la confusión".

Al teatro le pido que muestre vida. Mostrar vida quiere decir seleccionar, reconstruir y destilar, pero eso no implica que un espectáculo haya de ser una colección de apuntes dispersos, vendidos como un todo con la peregrina excusa de que la vida contemporánea es "fragmentaria".

A una obra y un montaje les pido "sentimiento y asombro", como exige Daniel Veronese. Les pido vigor comunicativo, agudeza de observación y tensión formal; les pido humor, poesía y arquitectura; les pido que las palabras brillen sin tintinear y nos permitan advertir en cada personaje los saltos y contradicciones de su conciencia.

El verdadero diálogo dramático produce la misma felicidad que una buena melodía, tal vez porque, como ella, es infrecuente. Y, también como una buena melodía, se reconoce en el acto: por su nervio, su ligereza, su misterio, su imantación y su eco instantáneo. Proliferan, desde luego, las imposturas, pero también se detectan al instante.

Diálogo es un real intercambio que atrapa tu interés, hace avanzar la obra y te descubre nuevos aspectos de los personajes. Como la buena prosa narrativa, te oxigena la cabeza y el corazón. "Es sorprendente", escribió Claire Tomalin, "hasta qué punto una buena obra refina la mente del público". Una buena obra aviva tu imaginación, te hace ver en redondo y estimula conexiones hasta entonces aletargadas por el cliché y la rutina perceptiva. Una buena obra es aquella que respeta tu inteligencia, salta por encima de los lugares comunes y no halaga tus bajos instintos ni te engaña con falsas profundidades.

A una obra le pido, ante todo, que me ensanche el alma (mi capacidad de comprensión) y alimente mi alegría: la narración ha de ser alegre, ha de exhalar la necesidad y el placer de contar. Las mejores obras son las que no ofrecen respuestas cómodas para llevarse a casa sino un buen puñado de preguntas eternas, pero también aquellas que te euforizan, que te hacen salir del teatro con una sensación de absoluta liviandad: ambas, de una forma u otra, te reconcilian con la vida. Hay buenos trabajos, hay reinvenciones gozosas, y, en lo alto, está el Gran Arte. En el primer apartado encontramos esos espectáculos que consiguen atraparte con unos mimbres que, sobre el papel, no suscitaban especial interés. Son funciones que derrochan entusiasmo y están muy bien hechas, es decir, que consiguen lo que se proponen. No es poco logro. En el segundo hay piezas que parten de materiales igualmente trillados y los propulsan hacia otra dimensión, construyendo con ellos un juguete brillante y radicalmente nuevo. Pero el Gran Arte, sea en la escritura, la interpretación o la puesta, ofrece la cristalización de una verdad instantánea, sencilla en su forma y compleja en su fondo. El Gran Arte tiene la inmensa cortesía de no revelar el esfuerzo: parece un juego concebido por un niño madurísimo o un viejo que llora y ríe al mismo tiempo, un viejo salvajemente divertido. Es la forma suprema del entretenimiento: sobrecoge, transporta, y jamás aburre.

Vamos al teatro para que nos entretengan en el sentido más amplio y más hermoso del término: el público paga su entrada para que le saquen de sí mismo y, maravillosa paradoja, le abran una ventana que tal vez acabe dando a su más oscuro patio trasero.

El Gran Arte silba mientras levanta los velos del misterio. Busca lo sagrado, la trascendencia, todo lo que de inmortal hay en nuestras vidas y nuestras almas. El Gran Arte es un acto de fe, alegre y fecundo; un teléfono de Dios para comunicarse con el hombre. Y viceversa. Es imposible, dijo Lacan en una de sus pocas frases transparentes, "engañarse acerca de la naturaleza de la obra de arte. La obra de arte es aquella queirradia energía". Y el verdadero artista, señaló Jardiel, es aquel que "inventa a su público y, como una cometa, sólo se levanta con el viento en contra".

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957) ha publicado recientemente Turismo interior (Lumen).

4 de juny 2011

Qüestió d'honor

Em pensava que eren electroxocs. Com aquestes coses, aquests aparells que et poses a la mà…aquests articles de broma. Eren com unes fuetades. Jo no veia res, era bocaterrosa, i els cops eren a l’esquena. No sabia que allò eren punyalades. Punyalades de navalla. Només xoc, xoc, xoc. Sí que fa mal, però... és com si fossin electroxocs. A l’esquena. L’Ellena tenia les punyalades a la part del davant, ella va veure que eren punyalades. Però potser només ho notes com si fossin electroxocs, no com punyalades. Com m’imagino que se sent quan et claven una navalla. Això és el que pensava. Ara ja ho sé. Quan són pel darrere. Però si per davant també és així, aleshores potser per a ella tampoc no va ser tan terrible. El dolor, vull dir. Que veiés la navalla, els talls, però que només notés com si fossin electroxocs. Que no li fes tant de mal morir. Es va morir de seguida. No ho sé.

De moltes coses, ja no me’n recordo. Encara noto les punyalades, però hi ha moltes coses que no sé. Ara són talls. Les ferides són punyalades de navalla, les noto, quan em bellugo, i quan em bellugo, hi penso. Penso en una cosa que no sé ben bé què és. Penso en l’Ellena. Li he escrit. Penso en tu cada moment. Quan em bellugo, l’Ellena és amb mi. Quan em bellugo per a escriure-li una carta, és amb mi. Hi és sempre. I jo penso en ella, en aquell dia, i no encara ho acabo d’entendre. Això també són com electroxocs, dins el cap.

Va entrar, rient, perquè un se li havia posat a parlar per si volia anar a Colònia i l’havia convidat a coca-cola.

Això passava constantment. De vegades alguns també em parlaven a mi, i em preguntaven si era l’amiga de l’Ellena i això.

Els reconeixíem de seguida, voltaven per allà i en un moment donat se t’acostaven, que si volies beure res i tal, i nosaltres ens deixàvem convidar, i llavors havies de veure com te’n desempallegaves. De vegades, l’Ellena s’emprenyava, per res, se sentia ofesa per alguna cosa de cop i volta i deia: au, marxem, cabrons. I després ens en fèiem un fart de riure. Fèiem mal fet?

Em pregunto si fèiem mal fet. Ella no es s’adreçava mai a cap paio, encara que ara tots ho diguin, això. Ella no era així.

No era com tots es pensaven. Tots els que pensaven... l’Ellena, amb aquesta, és clar, totes aquestes històries de com era i el que feia. Però què es pensaven?

No dic que fos un angelet. És que tant li feia, i si a ella tant li feia, a mi també. Sé que es podia posar furiosa, i déu n’hi do. Ho havia vist alguns cops. Per bajanades.

No era amable amb ells, mai no els donava peixet, sempre venien ells. Però que ara tots facin veure que ella... tots... això no és veritat.

Eren com óssos amb un pot de mel, vaig dir un dia, i ella va dir: no, com les mosques amb la merda. Una merda, es pensen que sóc. Ella no hi volia anar, i jo tampoc. Només ho havia dit per treure-se’ls del damunt, i es divertia imaginant-se’l, a ell i el seu col·lega, al matí, amb els cabells engominats a la benzinera, amb les cames repenjades. Això li feia gràcia.

Vam marxar de seguida, perquè ell no tornés de seguida i vam anar a l’Alcazar. Jo vaig marxar abans i l’Ellena es va quedar. Una hora després em van picar a la finestra, era l’Ellena, que havia tingut un merder brutal a casa, per haver tornat massa tard i va tornar a fotre el camp de seguida, a buscar-me. Estava emprenyadíssima i va dir: anem a Colònia, que pateixin, vull ser fora tot el dia.

Els meus pares van marxar a l’endemà al matí, d’hora, a Dorsten, a la festa del poble, i jo els vaig dir que havia quedat amb l’Ellena. D’aquells dos, no en vaig dir res.

Vaig fer mal fet? No ho sé, l’Ellena ho tenia controlat, i sabia què hi podia passar i què no. I jo coneixia en Sinan i pensava que tot i que és un pallasso, no podia passar res amb ell, és un pallús, però podia confiar que no passaria res si hi anàvem. Era una qüestió d’honor, no?

Un cop, a l’esbarjo vam anar al mur, on sempre fumem, i hi havia alguns de setè. L’Ellena va dir: fora d’aquí. Però van continuar xerrant. No sé si és que no ho van sentir o és que no ho volien sentir. Jo ja volia marxar, a mi tant m’és, realment, però l’Ellena en va agafar una i la va empènyer contra el mur, va caure i l’Ellena de seguida li va fer una trepitjada i ja en tenia una altra al darrere, li va voler donar una bufetada, però va caure cap enrere, entre els arbustos. Llavors es va aixecar i va fugir corrents, l’altra es volia aixecar, però l’Ellena li va donar una bona. Es va asseure, va encendre un cigarret i me’n va donar un a mi. Llavors va venir el vigilant del pati amb la noia aquella, la gent ens envoltava, amb gran expectació. L’Ellena estava molt tranquil·la. El professor li va dir que de què anava. Ella va dir que aquell era el nostre lloc. I res més. Ell va començar a dir que el pati era per a tothom, i ella només deia: sí, però no aquest lloc. Tota la resta sí, però no aquell mur. Es va muntar un merder, va haver d’anar a veure el director, perquè una havia rebut de valent, però a l’Ellena li era ben igual. Jo podia fumar on fos, el mur aquell me la sua. Però ella no va cedir gens, no podia acceptar que li portessin la contrària o que ningú li digués res. Això sí que no. S’estimava més la pitjor bronca que cedir. Això mai. No ho vaig veure mai. Al mur, ja no hi va seure ningú més quan hi anàvem nosaltres. Jo creia que ja estava. No sé per què l’Ellena va continuar. Normalment, després d’un numeret així hauria fotut el camp o ho hauria deixat estar. Estava emprenyadíssima, això ja ho sé, però va dir: au, anem de compres. Havia quedat clar que el Cem era un imbècil. En Sinan mirava de treure-li ferro a la situació, de crear un bon ambient. Em feia pena, pobre, feia tot el que podia. En Cem s’arrossegava, l’Ellena mirava els aparadors, però no es fixava en res, i va arribar un moment que vaig pensar: d’acord, potser sóc jo que estic sensible, i tot plegat només ha sigut un numeret. Si l’Ellena passa, llavors és que no és tan important. I en Sinan em feia gràcia. És un penjat, però és graciós. Així doncs, vam anar al carrer principal a mirar roba.

Un cop vam tenir un professor en pràctiques que ja des de la primera classe li va agafar mania a l’Ellena, perquè va arribar tard, un fill de puta integral. L’Ellena no va dir res, el va deixar que es desfogués. Les classes següents ella anava amb la roba més provocativa que tenia: faldilla just per sota el cul, els pits gairebé fora. S’estava allà asseguda i se’l mirava sense parar. Ell es posava vermell, gairebé no s’atrevia ni a mirar-la, però ella sí que se’l mirava, tota l’estona sense parar, li passava pel costat, quan sortia. Ell no li va dir mai més res, estava fet pols, se li notava. I ella ho va portar amb total fredor, tant li fotia que els altres parlessin d’ella. Quan s’arreglava, era invencible. La vull recordar amb aquell vestit, impassible.

No sé de què deurien parlar aquella estona mentre érem fora, però de cop en Sinan estava molt callat, com l’haguessin apagat. En Cem estava agradable, ja no rondinavar, tornava a ser amable com al començament, ens va portar crispetes i coca-cola, tot molt relaxat. El cinema era gairebé buit, i nosaltres vam seure a la llotja, jo amb en Sinan i a la filera del davant, l’Ellena amb en Cem. En Sinan continuava parlant poc i, davant nostre, l’Ellena i en Cem parlaven fluixet. Jo em pensava que ella li volia treure els ulls, per haver-se portat com un imbècil abans, no ho entenia, de sobte estaven allà parlant, i vaig pensar que realment no jo no tenia ni idea del que és l’amor, de com funciona l’amor, i de com es troba la gent quan estan plegats i per què les coses són així i no d’una altra manera. Llavors van apagar la llum i mentre encara feien els anuncis en Cem i l’Ellena es van aixecar i ella em va dir que ens vindrien a buscar a la sortida quan acabés la pel·lícula, i jo em trobava allà, en un cinema de Colònia amb aquell noi que no coneixia de res i ja no entenia res, res de res, i em vaig sentir tan sola, tan desorientada, no em venia gens de gust, tot allò, i em trobava allà, i l’Ellena era fora amb aquell fent vés a saber què i em vaig arraulir una mica damunt d’en Sinan, de fet ell era agradable, però tot plegat era una mica absurd i per això no va passar gaire cosa. Jo només pensava que ja tenia ganes de tornar-me’n a casa i també pensava que necessitava apartar-me de l’Ellena. Per a mi, l’excursió ja es va acabar quan vaig sortir del cine, tenia ganes de ser a casa amb els pares. L’Ellena i en Cem estaven molt emprenyats, els en deuria haver passat alguna de forta, i allò em neguitejava, tot plegat, i tenia unes ganes boges de tornar a casa, només desitjava que tot hagués passat, ja.

Llavors, ella es va posar a parlar en turc amb en Cem. No sé què va dir, però ell no va badar boca, vam pujar al cotxe i ell ja no dir ni mu, ella el va posar a to, i jo mirava d’esbrinar què estava passant. Seia al costat d’en Cem, i es discutien sense parar. Ella el tenia ben agafat pels pebrots, això es notava. En Sinan ja no deia res més, s’ho escoltava, i jo estava cagada de por, no m’atrevia ni a preguntar-li a l’Ellena què passava. Segur que s’havien posat a parlar en turc de sobte per mi, jo no sabia si ens treia del merder o ens hi ficava, o si ho tenia tot controlat, no l’havia vista mai tan emprenyada, i això sé com es pot arribar a emprenyar; estava com electrificada, si l’hagués tocada, segur que m’hauria enrampat. No parava de pensar bestieses i només desitjava, si us plau, si us plau, que tinguem una avaria, que trobem un embús o el que sigui, tant se val on acabem, tant se val el merder que hi hagi a casa, però que s’acabi tot això d’una vegada; en Cem fumava, tremolava, i jo pensava que si fumava al seu cotxe volia dir que estava fatal, coses així et criden l’atenció, jo estava súper desperta, i només pensava com sortir del cotxe si s’aturava, que per què tenia només dues portes, que era com un parany, i així tota l’estona, no parava de pensar aquestes bestieses.